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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

Llevo veintiún años dentro de multinacionales y once formando y acompañando a mandos intermedios de más de veinte países. Y hay una frase que he escuchado, con variaciones mínimas, en prácticamente todos los idiomas y todos los sectores: «Aquí abajo nadie nos escucha. Y ahí arriba nadie nos entiende.» La dice siempre la misma figura: el mando intermedio, la persona que gestiona el equipo del día a día sin tener el poder real para cambiar las decisiones que ese equipo tiene que ejecutar.

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Los mandos intermedios son, en la mayoría de los organigramas, el nivel que menos atención estratégica recibe y el que más carga operativa absorbe. Reciben la estrategia desde el comité de dirección, sin haber participado casi nunca en su diseño. Y tienen que traducirla en resultados reales con un equipo que les exige explicaciones que muchas veces ni ellos mismos tienen.

Esta posición no es un detalle menor del organigrama. Es la bisagra que conecta la estrategia con la ejecución. Y como toda bisagra, cuando funciona bien es invisible, nadie la nota. Pero cuando se rompe, se nota inmediatamente, y arrastra a toda la puerta con ella.

Mandos intermedios

En este artículo quiero explicarte, con la perspectiva de quien ha estado en esa posición durante dos décadas y lleva otra década formando a quienes la ocupan hoy, por qué los mandos intermedios son la clave real del rendimiento de cualquier organización, qué les está pasando ahora mismo que no le pasaba a esta misma posición hace veinte años. Y qué tiene que cambiar antes de que la fractura sea demasiado grande para reparar.

Por qué esta posición es más difícil ahora que nunca

Cuando yo empecé como mando intermedio, hace más de veinte años, el rol tenía una complejidad ya considerable. Pero contaba con algo que hoy casi ha desaparecido: tiempo. Tiempo para pensar antes de decidir, para formar al equipo con calma, para digerir un cambio estratégico antes del siguiente. Hoy, esa misma posición gestiona la misma complejidad de entonces, más la presión constante de la inmediatez digital, más equipos multigeneracionales con expectativas distintas entre sí, más una exigencia de resultados que no ha bajado. Aunque los recursos casi siempre sí lo han hecho.

El resultado es lo que yo llamo liderar a pelo: dirigir sin las herramientas, sin el respaldo y sin la red que ese nivel de responsabilidad exigiría. Es empezar el día con objetivos que no has elegido, vivir con la presión de superiores que no entienden tu día a día real, abrir la agenda y ver solo reuniones, e intentar ser fuente de energía para otros sin haber tenido tiempo de recuperar la tuya. Y seguir. Porque «para eso te pagan».

Ser mando intermedio es como ser intérprete en una negociación donde las dos partes hablan idiomas diferentes, no se soportan entre sí. Y ninguna quiere ceder.

El dato que debería estar en cualquier consejo de administración

Según investigaciones de Gallup sobre compromiso laboral, los mandos intermedios son sistemáticamente el colectivo con peor puntuación de compromiso de toda la pirámide organizativa, por debajo incluso de los puestos de ejecución más operativos. Esto no es una anécdota cultural. Es un patrón estructural que se repite en prácticamente todos los países y sectores que he formado, de Europa a América Latina, pasando por Asia y Oceanía.

Y tiene una consecuencia directa que casi ningún consejo de administración audita: si el nivel que traduce la estrategia en resultados es el que peor está, ninguna estrategia, por brillante que sea en el papel, se va a ejecutar bien en la realidad. Las empresas se rompen por el medio. Los mandos intermedios son la clave a la hora de que una organización sea capaz de traducir estrategia en resultados manteniendo el equilibrio entre bienestar y rentabilidad. Si tus mandos medios se queman, arde la casa entera.

Los dos errores que veo repetirse en casi todas las empresas

El primer error es tratar a los mandos intermedios como si fueran directivos con recursos de directivo, cuando en la práctica se les exige responsabilidad de dirección sin darles ni la autoridad, ni el presupuesto, ni el tiempo que esa responsabilidad requeriría. Se les pide que lideren personas y gestionen resultados operativos al mismo tiempo, sin formación específica para ninguna de las dos cosas. Porque se asciende por talento técnico, no por capacidad de liderar.

El segundo error, menos hablado pero igual de dañino, es asumir que un mando intermedio bueno no necesita acompañamiento porque «ya sabe lo que hace». Es exactamente al revés: cuanto más exigente es una posición, más necesita quien la ocupa un espacio propio donde pensar con perspectiva, sin la presión constante del día a día. Y ese espacio, en la mayoría de las organizaciones, simplemente no existe.

Lo que sí funciona: casos reales de trinchera

En una empresa de distribución con la que trabajé, un responsable de operaciones dejó de preguntar en sus reuniones semanales «¿lo has terminado?» y empezó a preguntar «¿qué has aprendido esta semana que podamos aplicar los demás?». El cambio parece pequeño. No lo es. La primera pregunta refuerza control y cumplimiento. La segunda invita a pensar en voz alta y da valor al error con criterio. En seis meses, ese equipo empezó a proponer mejoras de proceso que nadie les había pedido. Precisamente porque su mando intermedio había dejado de gestionarlos a pelo y había empezado a liderarlos con criterio.

En otra empresa, del sector asegurador, una responsable de personas dejó de ser quien aprobaba cada decisión de contratación de sus técnicos. Y pasó a ser quien los formaba para tomar esa decisión ellos mismos, asumiendo que se equivocarían alguna vez. La primera contratación fallida fue dura. Pero en año y medio, el equipo pasó de depender de ella para todo a funcionar con autonomía real. Y ella pasó de gestionar tareas a liderar de verdad, porque por fin tenía tiempo para pensar en lo estratégico.

Un mando intermedio que solo gestiona tareas es un capataz con título bonito. Uno que lidera personas y traduce estrategia real en resultados reales es la pieza más valiosa de todo el organigrama. Aunque casi nunca se le trate como tal.

Qué necesita de verdad un mando intermedio para hacer bien su trabajo

Después de veinte años en esta posición y otros diez formando a quienes la ocupan hoy, hay tres cosas que marcan la diferencia entre un mando intermedio quemado y uno que lidera con criterio: autoridad real para tomar decisiones dentro de su ámbito, sin necesitar aprobación para cada detalle; formación específica en liderazgo, no solo en la parte técnica de su función; y un espacio de acompañamiento propio. Donde poder pensar con perspectiva sin la presión inmediata del día a día.

Ninguna de las tres cuesta lo que cuesta perder a un buen mando intermedio y tener que sustituirlo, con toda la pérdida de conocimiento y de confianza del equipo que eso implica.

Lo que cambia. Y lo que no, entre España y Latinoamérica

He formado a mandos intermedios en España, México, Colombia, Perú, Chile y Argentina, además de otros países fuera de la región hispanohablante, y la fractura de fondo es idéntica en todos: la presión de arriba, la carga de abajo, y poca autoridad real para decidir. Lo que sí cambia es el margen de maniobra percibido. En España, la queja más frecuente tiene que ver con la rigidez de las estructuras corporativas y la lentitud para cambiar procesos heredados. En buena parte de Latinoamérica, el mando intermedio suele tener más margen informal para improvisar soluciones. Pero a cambio recibe menos formación estructurada y menos respaldo institucional cuando algo sale mal.

Esto significa que una empresa con presencia en ambas regiones no puede formar a sus mandos intermedios con el mismo programa genérico traducido de un idioma a otro. El diagnóstico tiene que adaptarse al contexto real de cada país. Aunque el problema de fondo, la falta de autoridad, formación y acompañamiento, sea exactamente el mismo en Madrid que en Ciudad de México o en Bogotá.

Qué puedes hacer si eres tú quien ocupa esta posición

Si te reconoces en lo que llevas leído, lo primero es dejar de interpretar el agotamiento como una falta de capacidad personal. Es una consecuencia lógica de una posición estructuralmente exigente que, en la mayoría de las empresas, no recibe el respaldo que merece. Reconocerlo no es debilidad. Es el primer paso para empezar a exigir, con criterio, lo que necesitas para liderar bien: autoridad, formación y un espacio propio para pensar.

Si diriges una organización y quieres saber con datos reales, no con intuiciones, en qué estado están tus mandos intermedios y qué está costando en resultados de negocio si están gestionando a pelo, en Human Leadership Hub hacemos ese diagnóstico con la metodología FAUNA. Y si eres tú, como mando intermedio, quien necesita ese espacio propio de acompañamiento del que hablaba antes, en MentoringCREA trabajamos exactamente eso, uno a uno, con el Método CREA que llevo aplicando desde que dejé la trinchera corporativa para dedicarme a esto.

Los mandos intermedios no son un nivel jerárquico más. Son la pieza que aguanta toda la estructura. Y una estructura solo es tan fuerte como la pieza que menos se cuida.