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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

En un proceso de selección interna para un puesto de mando intermedio, un director de área me explicó algo revelador. Estaba muy convencido de por qué había descartado a una candidata con mejores resultados objetivos que el candidato finalmente elegido. «Es que él transmite más seguridad», me dijo. Le pregunté qué significaba exactamente «transmitir seguridad» y en qué momento concreto la candidata no la había transmitido. No supo darme un solo ejemplo concreto. Lo que había ocurrido, sin que él lo notara, era mucho más simple y mucho más común de lo que parecía: el candidato le recordaba a sí mismo veinte años atrás. Y esa familiaridad se había disfrazado de criterio objetivo.

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Ese director no es un mal profesional ni una persona con mala intención. Es, simplemente, un ser humano con un cerebro que toma buena parte de sus decisiones a través de atajos mentales que operan por debajo de la conciencia. Y que casi nunca se cuestionan porque no se sienten como sesgos. Se sienten como intuición, como criterio, como «algo que uno simplemente sabe».

Los sesgos inconscientes no son un defecto moral. Son un mecanismo evolutivo del cerebro humano para procesar información rápido en un mundo con demasiados estímulos. El problema no es tenerlos, algo inevitable para cualquier persona. El problema es liderar sin saber cuáles tienes, dejando que decidan por ti en momentos donde una decisión distinta habría sido mucho mejor para el equipo y para el negocio.

Sesgos inconscientes en el liderazgo

En este artículo te explico los sesgos inconscientes más habituales en el liderazgo, cómo influyen de forma silenciosa en el estilo de dirección de cualquier directivo. Y por qué convertirlos en objeto de pensamiento crítico, en lugar de dejarlos operar en automático, es una de las competencias de liderazgo más infravaloradas que existen.

Por qué el pensamiento crítico es la herramienta, no la personalidad

Antes de entrar en los sesgos concretos, conviene aclarar algo que se confunde con frecuencia: el pensamiento crítico no es un rasgo de personalidad reservado a quienes «son más analíticos». Es una disciplina entrenable, que consiste en detenerse, antes de actuar sobre una impresión. Y preguntarse conscientemente qué evidencia real la sostiene y qué atajo mental podría estar operando en su lugar.

Un sesgo no gestionado no se siente como un error. Se siente como una certeza. Y esa es, precisamente, la razón por la que resulta tan difícil de detectar sin un método deliberado para ir a buscarlo.

El sesgo de similitud: promocionar a quien se parece a ti

Este es, probablemente, el sesgo más extendido y más caro en la gestión de talento. De forma inconsciente, tendemos a valorar mejor a las personas que comparten nuestro estilo de comunicación, nuestra trayectoria o nuestra forma de resolver problemas. Y a interpretar esa similitud como una señal de mayor competencia, cuando en realidad solo es una señal de parecido.

El coste de este sesgo es doble: se pierde talento diverso que podría aportar perspectivas distintas y necesarias. Y se termina construyendo equipos directivos cada vez más homogéneos, precisamente el tipo de equipo con menos capacidad de detectar puntos ciegos. Porque todos comparten los mismos.

El sesgo de confirmación: buscar datos que ya confirmen lo que crees

Una vez que un líder se forma una primera impresión sobre una persona, una situación o una estrategia, el cerebro tiende a buscar la información que confirma esa primera impresión, de forma automática. Y tiende a descartar o minimizar la que la contradice. Esto explica por qué, en muchas organizaciones, la primera impresión sobre alguien determina años de valoraciones posteriores, incluso cuando esa persona ha cambiado o ha demostrado lo contrario repetidamente.

El sesgo de confirmación no busca la verdad. Busca tranquilidad. Y confundir ambas cosas es, probablemente, el error de pensamiento más común entre directivos con años de experiencia. Esto ocurre precisamente porque su experiencia les ha dado más ocasiones de confirmarse a sí mismos que de cuestionarse.

El sesgo de autoridad: dar más peso a quien tiene más cargo

Este sesgo lleva a valorar una idea según quién la dice, no según su calidad real. Una propuesta planteada por un director sénior se toma con más seriedad que la misma propuesta planteada por alguien más junior, incluso cuando el contenido es idéntico. Este sesgo es especialmente costoso en las organizaciones jerárquicas de habla hispana, donde la cultura de respeto a la autoridad, en sí misma valiosa. Esa cultura puede convertirse en un filtro que silencia buenas ideas simplemente porque vienen de abajo.

El sesgo de exceso de confianza: sobrestimar la propia capacidad de predicción

Cuanto más éxito acumula un directivo, más tiende, de forma inconsciente, a sobrestimar su propia capacidad de predecir el resultado de sus decisiones. Y menos tiende a buscar activamente información que pudiera contradecirlas. Este sesgo explica por qué muchos líderes con una trayectoria brillante cometen, más adelante en su carrera, errores que un directivo más junior y menos seguro de sí mismo probablemente habría evitado. Sencillamente, habría buscado más contraste antes de decidir.

Cómo estos sesgos moldean el estilo de liderazgo sin que se note

Un líder con un sesgo de similitud no gestionado termina construyendo, con el tiempo, un equipo de mandos intermedios que se parece cada vez más a él mismo. Eso reduce la diversidad de perspectivas justo en la capa que más necesita variedad de criterio para detectar problemas distintos. Un líder con sesgo de confirmación no gestionado desarrolla, sin darse cuenta, un estilo de dirección donde las malas noticias tardan cada vez más en llegar. Porque el equipo ha aprendido que solo la información que confirma lo esperado se recibe bien. Un líder con sesgo de autoridad no gestionado termina con un estilo donde solo las voces de arriba importan, perdiendo sistemáticamente la inteligencia colectiva de quienes están más cerca del problema real.

Ningún líder elige conscientemente tener estos sesgos. Pero todo líder que no los convierte en objeto explícito de reflexión, termina dirigido por ellos sin saberlo. Y su equipo termina pagando el coste de decisiones que parecían objetivas y no lo eran del todo.

Cómo convertir un sesgo inconsciente en un elemento de conciencia

El primer paso es la autoconciencia deliberada: dedicar tiempo, de forma explícita, a preguntarse en qué decisiones recientes el criterio pudo haber estado influido más por familiaridad. También pesa la jerarquía o la confirmación de una idea previa. Y cuánto, en cambio, por evidencia real. Esta pregunta no se responde sola. Requiere pararse a pensarla con honestidad, algo que la mayoría de los directivos rara vez hacen porque la agenda no deja espacio para ello.

El segundo paso es institucionalizar el contraste: pedir de forma sistemática una segunda opinión de alguien con un perfil distinto al propio antes de decisiones importantes de personas. Esto contrarresta directamente el sesgo de similitud. Diseñar procesos de evaluación que se basen en criterios objetivos y verificables, no en impresiones generales, para contrarrestar el sesgo de confirmación y el de autoridad.

El tercer paso es entrenar el hábito de buscar activamente la evidencia que contradice la primera impresión, no solo la que la confirma. Hazlo antes de dar por cerrada cualquier valoración importante sobre una persona o una decisión estratégica.

Un ejemplo real de lo que cambia al nombrar el sesgo

En un proceso de mentoring con un comité de dirección, empezamos a nombrar explícitamente, en cada decisión de promoción interna, qué evidencia objetiva sostenía la valoración de cada candidato. También separamos esa evidencia de las impresiones subjetivas de «encaje» o «seguridad» que solían dominar la conversación. En pocos meses, el comité empezó a promocionar a perfiles que antes habrían sido descartados por no parecerse al estilo dominante en la sala. Y varios de esos perfiles terminaron aportando exactamente la perspectiva distinta que la organización necesitaba y no sabía que le faltaba.

Ningún líder puede eliminar sus sesgos por completo. El cerebro humano no funciona así. Pero sí puede convertirlos en objeto explícito de pensamiento crítico, en lugar de dejar que operen en la sombra, disfrazados de intuición o de criterio profesional.

Si quieres entrenar el pensamiento crítico y la gestión de tus propios sesgos como líder. Lo hacemos con acompañamiento estructurado y no solo con lecturas sueltas, en Business Humanizers Academy trabajamos esta competencia dentro de nuestra formación en liderazgo humanista. Y en Human Leadership Hub el Kit CHRO ayuda a diseñar procesos de decisión sobre personas más objetivos y menos vulnerables a estos sesgos.

Los sesgos inconscientes no desaparecen porque los ignores. Solo se vuelven más caros, cuanto más poder acumula quien los tiene sin nombrarlos.