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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

En una sesión de mentoring con un director general que acababa de perder, en apenas seis meses, a tres de sus mejores directivos, le pregunté qué explicación se daba a sí mismo. Me habló del mercado, de la competencia agresiva por el talento, de los sueldos que ya no podía igualar. En ningún momento, hasta que se lo pregunté directamente, mencionó su propio estilo de dirigir. Cuando por fin le pregunté cuántas veces, en la última reunión de comité, había cambiado de opinión sobre un tema después de escuchar a alguien que no estaba de acuerdo con él, se quedó callado un buen rato. «La verdad, no recuerdo la última vez», admitió.

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Ego y liderazgo

El Ego Que Nadie Cuestiona

Ese director no tenía un problema de mercado. Tenía un ego que llevaba años sin ser cuestionado. Y ese ego sin gestionar se había convertido, sin que él lo notara, en el techo real de crecimiento de su empresa. Nadie le llevaba la contraria porque llevarle la contraria salía caro. Y sin ese contraste, sus decisiones cada vez se parecían más a certezas y cada vez menos a hipótesis que merecía la pena poner a prueba.

El ego y el liderazgo llevan siglos en la misma conversación. Y sin embargo, en el management moderno, sigue siendo uno de los temas menos formados y más determinantes de todos. Se habla mucho de estrategia, de gestión del cambio, de habilidades técnicas. Se habla muy poco, en comparación, de la variable que más silenciosamente decide si un directivo con buenas ideas termina construyendo algo grande o quemando, uno por uno, a todos los que podrían haberle ayudado a construirlo.

En este artículo te explico por qué el ego bien gestionado, no eliminado, es probablemente la primera competencia de cualquier líder que aspire a sostener resultados a largo plazo. Y qué señales indican que el tuyo lleva demasiado tiempo sin que nadie lo audite.

Por qué el ego no es el enemigo. Pero sí puede convertirse en uno

Gestionar el ego no significa eliminarlo. Un ego sano, con la dosis justa de confianza y ambición personal, es lo que empuja a alguien a asumir un reto difícil, a defender una decisión impopular pero correcta, o a seguir adelante cuando todo el mundo alrededor duda. El problema nunca es tener ego. El problema es tenerlo sin ningún mecanismo real que lo confronte con la realidad cuando empieza a desviarse.

Un ego sin freno no convierte a un líder en alguien más fuerte. Lo convierte en alguien cada vez más solo, rodeado de personas que ya han aprendido que discrepar no compensa.

El ego se convierte en un problema real de liderazgo en el momento exacto en que empieza a filtrar la información que llega a esa persona: cuando las malas noticias se suavizan antes de contárselas, cuando el desacuerdo deja de expresarse porque ya se sabe cómo va a reaccionar, y cuando el propio directivo empieza a confundir la ausencia de críticas con la ausencia de errores.

Las señales de un ego que ya está desbordando el liderazgo

La primera señal es la irritación desproporcionada ante el desacuerdo. Un líder con el ego bien gestionado puede escuchar una opinión contraria sin sentir que su autoridad está en juego. Un líder con el ego desbordado interpreta cualquier discrepancia como un ataque personal. Y esa reacción, repetida unas cuantas veces, es suficiente para que el equipo aprenda a callarse antes de arriesgarse a provocarla de nuevo.

La segunda señal es la necesidad constante de que el mérito de cualquier logro pase, de una forma u otra, por su propia figura. Un líder sano celebra en público los aciertos de su equipo sin sentir que eso resta a los suyos propios. Un ego desbordado necesita, de forma casi compulsiva, quedar asociado a cada victoria. Y eso, con el tiempo, deja al equipo sintiendo que trabaja para el lucimiento de otra persona, no para un resultado compartido.

La tercera señal es la dificultad para admitir un error en público. Un líder que jamás se equivoca delante de su equipo no está siendo infalible. Está entrenando a su gente para que oculte también sus propios errores. Porque ha aprendido, sin que nadie se lo diga en voz alta, que reconocer un fallo tiene un coste que es mejor evitar.

La cuarta señal es rodearse, de forma progresiva y casi siempre inconsciente, de personas que confirman en lugar de cuestionar. Con el tiempo, un ego sin gestionar termina construyendo, a su alrededor, un círculo cada vez más homogéneo de opiniones que coinciden con la suya. Precisamente porque las voces distintas se han ido alejando, cansadas de no ser escuchadas.

El coste real de un ego mal gestionado en la cúpula

Según datos de Gallup sobre compromiso laboral, los equipos que perciben que su líder no acepta el desacuerdo muestran niveles de compromiso y de reporte temprano de problemas sistemáticamente más bajos que los equipos con líderes que sí lo aceptan. Este dato tiene una traducción directa en negocio: los problemas no desaparecen porque nadie los mencione. Simplemente se descubren más tarde, cuando ya son más grandes y más caros de resolver.

Un ego mal gestionado en la cúpula de una organización se contagia, además, en cascada. Los mandos intermedios que reportan a ese directivo aprenden, observando su comportamiento, qué se premia y qué se castiga. Y muchos terminan replicando el mismo patrón con sus propios equipos, aunque nunca hayan tenido intención de convertirse en ese tipo de líder.

Un ejemplo real de gestión consciente del ego

En un proceso de mentoring con la directora general de una empresa de distribución, trabajamos un ejercicio muy simple pero incómodo: en cada reunión de comité, ella debía preguntar explícitamente, al menos una vez, «¿alguien ve esto de una forma distinta?», y esperar en silencio, sin intervenir, al menos diez segundos antes de que alguien respondiera. Al principio, casi nadie hablaba. El silencio incómodo era, en sí mismo, la prueba de cuánto llevaba costando el desacuerdo en esa sala.

Con el tiempo, ese hábito, sostenido reunión tras reunión, empezó a cambiar la dinámica real del comité. La gente empezó a confiar en que la pregunta era genuina, no un trámite. Y las decisiones del comité empezaron a incorporar información que antes simplemente no llegaba, porque nadie se atrevía a compartirla sin que se le preguntara de forma explícita y sostenida en el tiempo.

Gestionar el ego no es un ejercicio de humildad decorativa. Es una decisión estratégica: cuanta más información contraria llegue a quien decide, mejores decisiones se toman. Y esa información solo llega si el ego de quien dirige no la está bloqueando en la puerta.

Cómo empezar a gestionar tu propio ego como líder

El primer paso es aceptar, con honestidad, que ningún líder está exento de este riesgo. Cuanto más poder y más éxito acumula una persona, menos gente a su alrededor se atreve a confrontarla. Y ese vacío de confrontación es, precisamente, el caldo de cultivo perfecto para que el ego se desborde sin que nadie lo note desde dentro.

El segundo paso es institucionalizar mecanismos reales de contraste, no simbólicos: preguntar de forma explícita por el desacuerdo, premiar en público a quien lo expresa con criterio. Y revisar de forma periódica, con alguien de confianza fuera de la jerarquía directa, cómo se está comportando el propio ego bajo presión.

El tercer paso es entender que gestionar el ego no es una tarea que se complete una vez y quede resuelta para siempre. Es un trabajo continuo. Porque el poder y el éxito, precisamente los ingredientes que acompañan a cualquier trayectoria de liderazgo sólida, son también los que más alimentan el riesgo de que el ego se desborde de nuevo.

Si quieres trabajar de forma estructurada tu propia gestión del ego como líder, con acompañamiento real y no solo con buenas intenciones, en Mentoring CREA trabajamos exactamente esto en sesiones individuales con CEOs y comités de dirección. Y si prefieres una formación estructurada en liderazgo humanista que aborde esta competencia desde la base, en Business Humanizers Academy la trabajamos con todo tu equipo directivo.

El ego no es el enemigo del buen liderazgo. La falta de un mecanismo real que lo confronte, sí lo es.