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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

Un director comercial me preguntó hace poco, con genuina frustración, por qué su equipo «ya no se implica como antes». Cuando le pedí ejemplos concretos, me describió a varias personas que llegaban puntuales, cumplían sus tareas. Y se iban a su hora exacta, sin ofrecerse voluntarias para nada que no estuviera en su descripción de puesto. Ni una queja, ni un conflicto, ni una carta de dimisión. Solo… el mínimo indispensable, hecho correctamente.

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Eso tiene nombre, y no es pereza. Es quiet quitting, y es probablemente el fenómeno organizacional más malinterpretado de los últimos años. No describe a gente vaga. Describe a gente que ha decidido, de forma consciente o no, dejar de dar más allá de lo que su contrato exige. Porque en algún momento entendió que dar más no cambiaba nada en cómo se le trataba.

Hoy no hace falta entregar la carta de dimisión para marcharse de un trabajo. Basta con dejar de regalar el esfuerzo extra que antes se daba gratis. Y eso es exactamente lo que está pasando, a una escala que las empresas todavía no han terminado de entender.

Quiet quitting

Lo primero que hay que aclarar. Porque casi todos los artículos sobre este tema se equivocan aquí: el quiet quitting no es un problema de actitud individual. Es un síntoma. Y como todo síntoma, tratarlo con una charla motivacional sin investigar la causa solo consigue una cosa: que la persona se desconecte todavía más, esta vez también de escuchar a quien la dirige.

En este artículo te explico qué provoca de verdad el quiet quitting, por qué culpar a quien lo practica es exactamente el error que lo perpetúa. Y qué se puede hacer para revertirlo antes de que se convierta en la norma de todo un equipo.

De dónde viene realmente el término. Y qué significa de verdad

El término se popularizó en redes sociales alrededor de 2022, pero el fenómeno que describe es mucho más viejo: hacer exactamente lo que se pide, ni más ni menos, sin implicación emocional extra. Lo nuevo no es la conducta. Es que ahora tiene nombre. Y que millones de personas se han reconocido en él al mismo tiempo, lo que ha convertido algo privado en un fenómeno colectivo visible.

Según datos de Gallup sobre compromiso laboral a nivel global, apenas el 21% de los empleados se declara comprometido con su trabajo. Mientras que una proporción muy superior encaja en la categoría de «no comprometido»: presente físicamente, ausente emocionalmente. Ese es el terreno exacto donde crece el quiet quitting. No es una minoría rebelde. Es, en muchas organizaciones, la mayoría silenciosa.

Por qué culpar a la persona es el error que agrava el problema

Cuando un directivo interpreta el quiet quitting como un problema de actitud, la respuesta típica es exigir más compromiso, apelar a la pasión por el proyecto, o directamente presionar con más control. Y esto empeora las cosas. Porque confirma exactamente la hipótesis que llevó a esa persona a desconectarse: que a la empresa le importa el rendimiento, no la persona detrás de él.

El quiet quitting casi siempre tiene una de estas tres raíces. Y ninguna se arregla con más presión. La primera: la persona dio más en el pasado y no vio ningún reconocimiento ni consecuencia positiva, así que aprendió que dar más no cambia nada. La segunda: siente que no tiene ninguna voz real sobre cómo se hace el trabajo, así que deja de aportar ideas que sabe que no se van a escuchar. Por último, percibe una desconexión entre el discurso de la empresa sobre propósito y valores. Y lo que realmente vive en el día a día, y ha decidido dejar de fingir que se lo cree.

El quiet quitting no es el problema. Es la señal de que el problema real lleva tiempo sin resolverse.

El coste que casi nadie mide en la cuenta de resultados

Aquí está lo que un comité de dirección debería estar auditando: cuando una parte significativa del equipo hace exactamente lo mínimo, la organización pierde justo lo que no se puede comprar con sueldo: la iniciativa, la mejora continua, la detección temprana de problemas que nadie está obligado a reportar pero que alguien comprometido reportaría de todas formas.

Un equipo en modo quiet quitting sigue cumpliendo sus KPIs a corto plazo, lo que hace que el problema sea invisible en los informes trimestrales. Pero a medio plazo, esa organización pierde capacidad de adaptación, de innovación desde abajo. Y de detección temprana de riesgos. Es una erosión silenciosa de la competitividad que no aparece en ningún informe hasta que ya es tarde y la competencia ha avanzado mientras tu empresa funcionaba en piloto automático.

Cómo se distingue el quiet quitting real de un simple mal mes

No todo cumplimiento estricto de horario es quiet quitting. Hay personas que simplemente tienen buenos límites. Y eso es sano, no un síntoma. La diferencia está en el cambio de patrón: alguien que antes aportaba ideas y ya no lo hace, que antes ayudaba a compañeros y ahora se limita a lo suyo, que antes preguntaba por el contexto de las decisiones y ahora ejecuta sin cuestionar nada. Ese cambio de comportamiento, sostenido en el tiempo, es la señal real.

En una empresa de tecnología con la que trabajé, un responsable de equipo detectó este patrón en tres personas al mismo tiempo, todas ellas antiguas colaboradoras muy proactivas. En lugar de asumir que era coincidencia, hizo algo poco habitual: les preguntó directamente, en privado, qué había cambiado. Las tres, sin coordinarse entre ellas, dieron la misma respuesta: sentían que sus propuestas de los últimos meses se habían ignorado sistemáticamente. No pedían más sueldo. Pedían ser escuchadas.

El teletrabajo no lo inventó, pero lo hizo más difícil de ver

Muchos directivos asocian el auge del quiet quitting con la llegada del trabajo remoto e híbrido. Y hay algo de razón en esa intuición, aunque no por el motivo que suelen pensar. El teletrabajo no vuelve a la gente menos comprometida. Lo que hace es eliminar buena parte de las señales informales que antes permitían a un jefe atento notar el cambio de actitud: la charla de pasillo, el lenguaje corporal en una reunión presencial, el tono de una conversación de café. Sin esas señales, el quiet quitting se vuelve casi invisible hasta que ya lleva meses instalado.

Esto exige un cambio de hábito en cualquier mando que dirija equipos remotos o híbridos: sustituir la observación informal por conversaciones individuales deliberadas y periódicas, no solo reuniones de seguimiento de tareas. Preguntar de forma directa cómo se siente cada persona respecto a su trabajo. Y no solo si ha cumplido sus objetivos de la semana, se ha convertido en una competencia de liderazgo tan crítica como cualquier habilidad técnica, precisamente porque el entorno remoto ya no ofrece esas señales gratis.

Qué hacer si lo detectas en tu equipo

Lo primero es resistir el impulso de exigir más compromiso desde el discurso. No funciona, y además confirma la desconexión. Lo que sí funciona es investigar la causa concreta con cada persona, de forma individual, sin asumir que todos comparten el mismo motivo.

Después, hay que actuar sobre lo que se descubra, y hacerlo visible. Si el motivo es falta de reconocimiento, reconocer de forma específica y pública el esfuerzo que sí se da. Si es falta de voz real, crear un espacio concreto donde las ideas se escuchen y, cuando se implementen, decir abiertamente de quién vino la idea. Cuando es desconexión entre discurso y práctica, lo único que funciona es alinear ambos. Aunque eso implique reconocer públicamente que la empresa no estaba a la altura de lo que decía defender.

Nadie se desconecta de un trabajo que le da voz, reconocimiento y coherencia. Se desconecta de uno que le pide entrega sin dar nada de eso a cambio.

El autoliderazgo, la otra cara de esta historia

Si eres tú quien está en modo quiet quitting, esto también te sirve. Antes de asumir que el problema es solo la empresa, vale la pena preguntarte con honestidad si has comunicado con claridad lo que necesitas. O si simplemente has ido reduciendo tu esfuerzo esperando que alguien lo note sin decir nada. A veces el quiet quitting protege de un entorno tóxico real. Otras veces es una forma de evitar una conversación difícil que sí podría cambiar las cosas.

En Human Leadership Hub ayudamos a organizaciones a diagnosticar dónde y por qué se está produciendo esta desconexión, con la metodología FAUNA, antes de que se convierta en la cultura por defecto de toda la empresa. Y si lo que necesitas es trabajar tu propio autoliderazgo, entender qué papel juegas tú en esta dinámica y cómo recuperar el compromiso sin quemarte en el intento, en Mimentoria tienes el Método CREA en formato asequible, con sesiones 1 a 1 incluidas.

El quiet quitting no se resuelve pidiendo más pasión. Se resuelve auditando, con honestidad, qué dejó de dar la organización antes de que la persona dejara de darlo ella.