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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

Un equipo saca un 8 sobre 10 en la encuesta anual de clima laboral. Recursos Humanos lo celebra en la memoria interna de ese trimestre. Tres meses después, 2 de los 3 perfiles clave de ese mismo equipo han presentado su renuncia. Nadie en el comité de dirección conecta las dos cosas, porque en el papel todo iba bien.

Ese desajuste no es una anécdota aislada. Gallup lleva años señalando que las empresas miden el clima laboral con encuestas de satisfacción que capturan el estado de ánimo del momento, pero no las condiciones estructurales que empujan a alguien a irse. Se puede estar contento un martes y buscar trabajo el miércoles. Son dos preguntas distintas, y casi ninguna organización las separa.

Deloitte, en sus informes sobre tendencias de capital humano, apunta a algo parecido desde otro ángulo. Las organizaciones que miden el clima laboral una vez al año y después archivan el resultado generan más desconfianza que las que directamente no preguntan nunca. Preguntar y no actuar es peor que no preguntar. Deja la sensación de que a la empresa le importa el dato, no la persona que hay detrás del dato.

El coste de ese desajuste no aparece en ningún informe de personas con nombre propio. Se reparte entre la rotación de gente que no debería haberse ido, las bajas por motivos que en la superficie parecen personales, y una caída de productividad que la alta dirección atribuye a «falta de compromiso» sin preguntarse qué ha generado esa falta.

Conviene distinguir aquí dos cosas que se confunden todo el tiempo. La cultura de empresa es el sistema de valores y comportamientos que sustenta una organización a largo plazo. El clima laboral es la percepción del día a día dentro de ese sistema: cómo se siente trabajar aquí esta semana, con este responsable directo, con esta carga de trabajo. Se puede tener una cultura sólida sobre el papel y un clima laboral que se deteriora en un departamento concreto sin que nadie en la sede central lo detecte.

Gartner ha documentado que el indicador más fiable del clima laboral no es la encuesta corporativa. Es la calidad de la relación entre cada persona y su mando intermedio directo. Ese dato debería cambiar por completo dónde se pone el foco de la mejora. Y sin embargo la mayoría de los planes de acción se siguen diseñando para toda la empresa por igual, como si el problema fuera el mismo en todos los departamentos.

En este artículo vamos a ver qué mide de verdad el clima laboral, por qué la encuesta anual se queda corta, el coste que casi nadie audita, y qué hace que un equipo cambie de clima sin que haga falta una consultora externa de por medio. Empecemos.

Qué es el clima laboral (y por qué no es lo mismo que la cultura de empresa)

El clima laboral es la temperatura de un equipo en un momento concreto. Depende de la carga de trabajo de esa semana, de cómo se resolvió el último conflicto, de si el responsable directo cumplió lo que prometió en la última reunión de seguimiento. Es volátil por definición, y esa volatilidad es precisamente lo que lo hace útil: si se mide bien y con frecuencia, avisa de un problema antes de que se convierta en una baja o en una carta de renuncia.

La cultura de empresa, en cambio, es la estructura profunda. Los valores que de verdad se premian, no los que están colgados en la pared de recepción. El clima puede oscilar dentro de una cultura estable, igual que la temperatura de una habitación oscila dentro de una casa con la misma estructura. Confundir ambos términos lleva a un error de diagnóstico habitual: la empresa invierte en manifiestos de cultura corporativa mientras el clima de un departamento concreto se deteriora sin que ningún manifiesto lo detecte a tiempo.

Por qué la encuesta anual no basta

La encuesta anual de clima laboral tiene un problema de diseño que rara vez se cuestiona: mide una vez lo que cambia cada semana. Es como pesarse una vez al año y sacar conclusiones sobre la alimentación de los últimos 12 meses. El dato que arroja no es falso, pero llega tarde, y llega promediado, lo que diluye los departamentos que están en verdadero riesgo dentro de una media general que parece aceptable.

Hay un segundo problema, más difícil de admitir en un comité de dirección. Cuando la encuesta es anónima pero el plan de acción nunca se comunica con nombre y apellido a quien respondió, la plantilla aprende rápido que responder no cambia nada. La tercera vez que se lanza la encuesta, las respuestas ya no son sinceras. Son las respuestas que la gente cree que hay que dar para no meterse en un problema. Ahí es donde el clima laboral empieza a medirse mal de forma sistemática, y nadie en dirección se entera porque los números siguen pareciendo razonables.

El coste que nadie audita

El World Economic Forum ha situado la calidad del entorno de trabajo entre los factores que más pesan en la decisión de quedarse o marcharse, por delante incluso de la retribución en muchos perfiles cualificados. Ese dato debería estar en cualquier argumentario de dirección financiera, y sin embargo el clima laboral sigue viviendo en el cajón de lo intangible, lejos de la cuenta de resultados donde de verdad se nota.

McKinsey ha señalado que la rotación no deseada cuesta a las empresas considerablemente más que el salario del puesto que queda vacante, entre selección, formación de quien entra y la pérdida de productividad mientras el equipo se recompone. Ese coste rara vez se atribuye al clima laboral en el informe financiero del trimestre. Se disuelve entre partidas de recursos humanos que nadie relaciona entre sí.

Un clima laboral que se deteriora no manda una alarma. Manda señales pequeñas que cualquiera puede ignorar durante meses, hasta que la dimisión llega y parece sorpresa.

El mando intermedio, el verdadero termómetro del clima

El dato que más debería preocupar a cualquier dirección de personas es este: la relación entre una persona y su responsable directo explica una parte determinante de si esa persona se queda o se va, muy por encima del clima laboral general de la empresa. Se puede trabajar en una compañía con excelente reputación externa y sufrir un clima laboral pésimo porque el mando intermedio directo gestiona mal, y al revés.

Esto convierte al mando intermedio en el auténtico termómetro del clima laboral, y también en el punto exacto desde el que se cambia. El problema es que casi nadie forma a los mandos intermedios para leer ese termómetro. Se les asciende por resultados técnicos y se asume que sabrán gestionar personas por ósmosis. La Association for Talent Development lleva años documentando esa brecha entre a quién se asciende y para qué se le forma después.

Las señales que llegan antes que la rotación

Un clima laboral que se deteriora avisa antes de que alguien presente su renuncia. Las reuniones de equipo se acortan porque nadie quiere alargar la conversación. Las cámaras se apagan en las videollamadas que antes se hacían con cámara encendida. El tiempo de respuesta a un mensaje del responsable directo se alarga sin motivo aparente. Ninguna de estas señales sale en una encuesta anual, porque para cuando llega la encuesta, ya se ha normalizado como «así son las cosas aquí».

Los mandos intermedios que gestionan bien el clima laboral no esperan a la encuesta para actuar. Preguntan de forma directa y frecuente, y sobre todo, hacen algo visible con lo que escuchan. Esa combinación (preguntar y actuar) es la que de verdad cambia el termómetro de un equipo, no el cuestionario de recursos humanos que llega una vez al año con 15 preguntas de opción múltiple.

Las condiciones que sí cambian el clima laboral

Estas son las condiciones que distinguen a los equipos donde el clima laboral mejora de manera duradera de los que solo mejoran la puntuación de la encuesta:

  • Frecuencia sobre formalidad. Una conversación breve cada semana pesa más que un cuestionario extenso cada diciembre. El clima se mide en pulso, no en fotografía anual.
  • Acción visible y rápida. Cuando el equipo pide algo concreto y lo ve resuelto en semanas, aprende que hablar sirve para algo. Cuando no lo ve, deja de hablar.
  • Coherencia del mando intermedio. Lo que un responsable promete en la reunión y lo que hace después son la misma cosa, o el clima se deteriora por la brecha entre ambas.
  • Carga de trabajo con límite conocido. Un equipo que no sabe cuándo termina una exigencia no distingue entre esfuerzo puntual y agotamiento estructural, y el clima lo paga primero.
  • Reconocimiento específico. Decir «buen trabajo» en general no genera clima. Decir qué se hizo bien y por qué importó, sí.

Por dónde empezar

Si diriges un equipo, la pregunta que de verdad importa no es qué puntuación sacó la última encuesta de clima laboral. Es esta otra: de las últimas 4 semanas, ¿cuántas conversaciones has tenido con tu gente sobre cómo están, más allá de la tarea que tocaba entregar? La respuesta suele explicar mejor que cualquier informe por qué un equipo se queda o por qué empieza a irse sin previo aviso, uno detrás de otro, hasta que alguien en dirección se pregunta qué ha pasado.

Formar a los mandos intermedios para leer y mejorar el clima laboral de su equipo, con datos y con herramientas concretas, no con manifiestos de pared, es exactamente el trabajo que hacemos en Business Humanizers Academy.

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Porque el clima laboral no se arregla con una encuesta que sale bien. Se arregla con un mando intermedio que sabe leer lo que su equipo no dice todavía en voz alta, y actúa antes de que haga falta preguntarlo.

Jordi Alemany es consultor de liderazgo y cultura organizacional, autor de Liderazgo Imperfecto, El Efecto Láser y La Posición Más Jodida del Organigrama, y co-autor de La Carrera Infinita junto a Rafa Sarandeses. Ha formado a más de 25.000 mandos intermedios en más de 20 países. Forbes le reconoció como Best Business Influencer en 2022 y Best Content Creator en 2023.