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Jordi Alemany | Liderazgo Humanista

Las empresas gastan fortunas en formar a sus mandos en comunicación, en gestión de equipos, en feedback. Casi ninguna les forma en algo que hacen entre treinta y cien veces al día: decidir. Y esa omisión sale cara.

McKinsey ha medido que los altos directivos dedican alrededor del 37% de su tiempo a tomar decisiones. Más de la mitad de ellos reconoce que ese tiempo se emplea mal: reuniones que se repiten, decisiones que se revisan tres veces, responsables que nadie identifica cuando algo sale mal.

La misma investigación encontró algo más contundente. Las organizaciones que deciden rápido y con calidad tienen el doble de probabilidades de lograr rendimientos financieros por encima de la media que las que deciden despacio o mal. La velocidad de decisión no es un rasgo de cultura simpática. Es una ventaja competitiva medible en la cuenta de resultados.

El problema no ocurre arriba, en el comité de dirección. Ocurre en el medio, donde los mandos intermedios reciben una estrategia clara desde arriba y un aluvión de urgencias desde abajo, y tienen que decidir sin margen y sin criterio compartido. Cuando esa capa no sabe decidir, la organización entera se ralentiza aunque el CEO tenga las ideas más claras del mundo.

El World Economic Forum sitúa el pensamiento crítico y la resolución de problemas complejos entre las competencias más demandadas para los próximos años, por encima de buena parte de las habilidades técnicas. Y sin embargo, casi ningún programa de desarrollo directivo enseña a decidir de forma explícita. Se asume que ya se sabe, como si decidir bien fuera un talento innato y no una competencia entrenable.

Gartner ha documentado el otro extremo del problema: la fatiga de decisión. Un mando que encadena docenas de microdecisiones al día sin pausas ni criterios claros ve caer la calidad de sus últimas decisiones de la jornada, exactamente cuando más cansado y menos atento está. No es un fallo de carácter. Es fisiología cognitiva básica, y las empresas la ignoran sistemáticamente.

En este artículo vamos a ver qué es de verdad la toma de decisiones en el liderazgo, por qué la mayoría de los equipos tarda tanto, qué sesgos sabotean las decisiones bajo presión y las condiciones que distinguen a quien decide bien de quien solo decide rápido o solo decide despacio. Empecemos.

Qué es la toma de decisiones en el liderazgo (y qué no es)

Tomar decisiones no es elegir entre opciones ya definidas. Eso es la parte fácil, la que se enseña en las escuelas de negocio con matrices y árboles de decisión. La parte difícil, la que ocurre en el día a día de un mando intermedio, es identificar qué merece una decisión reflexiva y qué solo necesita una resolución rápida sin más vueltas.

La mayoría de los mandos trata todas las decisiones con el mismo nivel de deliberación. Consultan lo mismo para elegir un proveedor que para decidir si despiden a alguien. Ese error de calibración es el que llena las agendas de reuniones innecesarias y vacía las agendas del tiempo que sí necesitan las decisiones que importan de verdad.

Jeff Bezos popularizó una distinción útil: decisiones de tipo 1, las que son irreversibles y merecen deliberación, y decisiones de tipo 2, las que son reversibles y deberían tomarse rápido y delegarse siempre que sea posible. La mayoría de las organizaciones trata casi todas sus decisiones como si fueran de tipo 1. Esa es la raíz de buena parte de la lentitud que después se atribuye, sin razón, a la falta de talento del equipo.

Por qué la mayoría de equipos tarda tanto en decidir

El primer motivo es la falta de claridad sobre quién decide. En muchas organizaciones, cinco personas se sienten con derecho a opinar sobre una decisión y ninguna se siente con la responsabilidad de cerrarla. El resultado es una reunión que termina con «lo seguimos hablando» en lugar de con una decisión.

El segundo es el miedo al error en una cultura que castiga la equivocación más de lo que premia la velocidad. Si decidir mal cuesta el puesto y no decidir no cuesta nada visible a corto plazo, la opción racional para cualquier mando es no decidir. La lentitud, en ese contexto, no es un fallo del mando. Es una respuesta perfectamente racional a los incentivos que la empresa ha puesto delante de él.

El tercero es la ausencia de información fiable en el momento en que hay que decidir. Los mandos intermedios suelen tener menos acceso a datos consolidados que la dirección y menos contexto directo que sus equipos. Deciden a menudo con la peor combinación posible: información parcial y presión temporal alta.

El coste real de la parálisis por análisis

Deloitte lleva años señalando en sus informes de tendencias de capital humano que la lentitud para decidir es uno de los principales frenos a la adaptación organizacional, por delante incluso de la falta de presupuesto o de tecnología. Las empresas no se quedan atrás por no saber qué hacer. Se quedan atrás por tardar demasiado en decidir hacerlo.

Esa lentitud tiene un coste que casi nunca aparece en ningún informe financiero: el desgaste del equipo que espera. Cada decisión aplazada mantiene a varias personas en un limbo, sin poder avanzar su propio trabajo, revisando de nuevo prioridades que deberían estar cerradas hace semanas. La energía que se pierde ahí no se recupera solo con motivación.

Y hay un coste reputacional interno, más silencioso pero igual de dañino. Un mando que no decide erosiona su propia autoridad más rápido que uno que decide y se equivoca alguna vez. Los equipos perdonan el error. Perdonan mucho peor la indefinición sostenida en el tiempo.

Sesgos y atajos que sabotean las decisiones bajo presión

Bajo presión, el cerebro recurre a atajos que en la mayoría de las situaciones sirven, y en las decisiones complejas de negocio, traicionan. El sesgo de confirmación lleva a buscar solo los datos que refuerzan lo que el mando ya quería decidir de entrada. El sesgo del statu quo empuja a repetir la última decisión que funcionó, aunque el contexto haya cambiado por completo.

El más caro de todos, en mi experiencia formando a mandos intermedios en más de veinte países, es el sesgo de autoridad: decidir lo que se cree que quiere escuchar el jefe, no lo que los datos indican. Ese sesgo no se corrige con más formación técnica. Se corrige con seguridad psicológica real, la que permite decir algo distinto a lo que el superior espera sin pagar un precio por ello.

Las 5 condiciones para decidir rápido y bien

Estas son las cinco condiciones que distinguen a los equipos que deciden con velocidad y criterio de los que solo acumulan reuniones.

  1. Un dueño claro por decisión. Cada decisión relevante tiene una sola persona responsable de cerrarla, aunque otras hayan sido consultadas. Sin dueño claro, cualquier decisión se diluye entre varias mesas y ninguna la firma de verdad.
  2. Clasificación previa por reversibilidad. Antes de deliberar, el equipo pregunta si el error, si lo hay, se puede corregir después con bajo coste. Si la respuesta es sí, se decide rápido y se delega. Si es no, se invierte el tiempo que haga falta.
  3. Datos mínimos viables, no datos perfectos. Esperar el informe perfecto es la excusa más elegante para no decidir. Un mando entrenado sabe qué nivel de información es suficiente para el riesgo real de la decisión.
  4. Tolerancia explícita al error reversible. La organización comunica, y sostiene con hechos, que equivocarse en una decisión reversible no tiene coste reputacional. Sin esa garantía verificable, nadie decide rápido por mucho que se lo pidan.
  5. Revisión posterior sin caza de culpables. Cada decisión importante se revisa después, no para señalar a quien se equivocó, sino para extraer qué información habría cambiado el resultado. Esa disciplina es la que convierte cada decisión en aprendizaje del sistema, no en expediente personal.

Delegar la decisión, no solo la tarea

Muchos directivos creen que delegan porque reparten tareas. Delegar tareas sin delegar la autoridad de decidir sobre ellas no descarga nada. Solo traslada el trabajo operativo y conserva todo el cuello de botella en la misma persona de siempre.

Delegar una decisión de verdad implica aceptar que se tomará de forma distinta a como la habría tomado quien delega. Si el criterio de éxito es que se decida exactamente igual, no se ha delegado nada, se ha subcontratado la ejecución de una decisión que sigue siendo ajena. Esa distinción, pequeña sobre el papel, es la que separa a los equipos que escalan de los que dependen de que su jefe esté disponible para todo.

Por dónde empezar

Si tienes personas a tu cargo, te propongo una pregunta antes que cualquier otra: de las últimas cinco decisiones que se han quedado paradas en tu equipo, ¿cuántas eran realmente irreversibles y cuántas solo llevaban semanas dando vueltas por falta de un dueño claro? La respuesta suele explicar, mejor que cualquier diagnóstico externo, por dónde hay que empezar a trabajar la cultura de decisión de un equipo.

Ese trabajo, el de dotar a los mandos intermedios de criterio real para decidir rápido y bien sin quemarse en el intento, es exactamente lo que hacemos en Business Humanizers Academy.

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Porque una empresa no se rompe por el medio por falta de talento en sus mandos. Se rompe porque nadie les enseñó nunca a decidir, y luego se les exige que decidan bien cien veces al día.

Jordi Alemany es consultor de liderazgo y cultura organizacional, autor de Liderazgo Imperfecto, El Efecto Láser y La Posición Más Jodida del Organigrama, y co-autor de La Carrera Infinita junto a Rafa Sarandeses. Ha formado a más de 25.000 mandos intermedios en más de 20 países. Forbes le reconoció como Best Business Influencer en 2022 y Best Content Creator en 2023.