La Paradoja del Tonto Motivado

Hace poco, un freelance con el que colaboro a menudo, me contaba entusiasmado que había empezado a usar la IA para automatizar muchas tareas que antes le ocupaban horas y horas: generar y calendarizar contenido, responder emails, planificarse…. “¡Estoy ahorrando entre 10 y 15 horas a la semana!”, me dijo, convencido de haber descubierto la piedra filosofal de la productividad. Le pregunté con curiosidad: “¿Y qué haces con todo ese tiempo que te estás ahorrando?” Se quedó pensativo y tras mirarme como al que le piden la hora en chino mandarín, me dijo: «Pues qué voy a hacer, Jordi… estoy sacando mucho más trabajo en las mismas horas». Estoy seguro que en su mente esa es una lógica aplastante. En la mía no tanto. No dije nada. No hizo falta. Y es que, somos expertos en desarrollar herramientas tecnológicas que nos ahorran tiempo, pero ese tiempo no lo invertimos en crecer, elevar nuestras metas… no! decidimos usar todo ese tiempo para llenar la jornada laboral con más tareas tediosas. Automatizamos lo mecánico, pero seguimos esclavos de lo urgente. ¿Y lo importante? Y por eso, todo lo importante, como cuidarnos, seguir creciendo, disfrutar un poco más de la vida, sigue esperando su turno… desde hace años. Lo más loco de todo esto es que cuanto más eficientes somos, más perdidos a nivel de propósito estamos. Porque la tecnología puede hacer muchas cosas por nosotros, pero hay una que no hará jamás: decidir en qué vale la pena invertir nuestro tiempo. En este artículo quiero contarte por qué, si no cambiamos la manera en la que entendemos el trabajo, la productividad y el propósito, la inteligencia artificial no va a liberarnos. Al contrario: nos va a ayudar a apretarnos todavía más las cadenas. Bienvenido a la paradoja del tonto motivado. Esa en la que tenemos las herramientas para vivir mejor… pero seguimos eligiendo vivir más ocupados. La Paradoja del Tonto Motivado Antes de que alguien se sienta atacado, vamos a aclarar una cosa: cuando hablo de “tonto” no me refiero a una cuestión de cociente intelectual, sino de elección. De comportamiento. De esa tendencia humana, demasiado humana, a actuar en contra de nuestro propio bienestar, aunque tengamos las herramientas y el conocimiento para hacer justo lo contrario. La palabra “tonto” viene del latín stultus, que significa literalmente “falto de razón o juicio”. Curiosamente, en griego el término moros, que dio origen a “necio, se aplicaba a quien vivía de espaldas a la sabiduría, no por incapacidad, sino por desinterés o pereza mental. En ambos casos, el problema no era la inteligencia… sino el uso que se hacía de ella. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo con el tiempo que nos promete ahorrar la inteligencia artificial. Lo usamos para seguir corriendo. Según un informe de Harvard Business Review, más del 70% de los ejecutivos que han implementado IA generativa en sus empresas reconocen haber aumentado sus expectativas de entrega para los empleados… en lugar de liberarles de carga. Es decir, si antes una persona debía redactar 5 informes, ahora que puede hacerlos en la mitad de tiempo, se le exigen 10. Porque claro, “ya no tienes excusa”. El resultado: más tareas, más presión, menos enfoque… y el mismo nivel de insatisfacción o más. El filósofo Byung-Chul Han lo explica muy bien en La sociedad del cansancio: “Nos autoexplotamos creyendo que nos realizamos”. Convertimos el tiempo ganado en productividad añadida, y al final del día, estamos igual de agotados, solo que con más correos enviados. ¿Tiene sentido? No. Pero lo hacemos igual. Esa es la paradoja del tonto motivado: tener acceso al tiempo, a la tecnología, a la posibilidad de parar… y elegir voluntariamente seguir corriendo, como un hámster en su rueda, sin preguntarnos por qué ni hacia dónde. El Absurdo Culto a la Eficiencia En teoría, deberíamos estar viviendo una época dorada. Tenemos acceso a tecnologías que automatizan tareas, asistentes virtuales que hacen gestiones por nosotros en pocos segundos, herramientas que simplifican nuestra vida… y sin embargo, estamos más ocupados que nunca. ¿Por qué? Porque confundimos eficiencia con sentido. Porque pensamos que hacer más en menos tiempo equivale a vivir mejor. Y ahí es donde comienza la trampa. No hay nada malo en ser eficiente. El problema surge cuando convertimos la eficiencia en un fin en sí mismo, en lugar de un medio para tener más libertad, más foco, más tiempo para lo verdaderamente importante. ¿Y qué hacemos con el tiempo que ahorramos? Lo ocupamos con más tareas, más reuniones, más proyectos. No liberamos tiempo… lo rehipotecamos. El sociólogo Hartmut Rosa, en su ensayo Alienación y Aceleración, subraya que vivimos en una sociedad donde la aceleración se ha convertido en una forma de dominación. Corremos no porque queramos, sino porque si te paras… te arrasa el sistema. Así que seguimos acelerando. Y en ese frenesí, perdemos contacto con el sentido, con lo esencial, con nosotros mismos. Según un estudio del World Economic Forum, el 60% de los profesionales con alto rendimiento en sus organizaciones siente que su día está “lleno de tareas innecesarias” y que “trabajan en piloto automático” al menos tres días por semana. ¿Eficiencia? Sí. ¿Bienestar? No. No es que no sepamos organizar el tiempo. Es que no nos permitimos priorizar lo importante por miedo a parecer poco productivos. Y así seguimos alimentando un sistema donde lo urgente siempre gana… incluso cuando lo verdaderamente importante – cuidarnos, estar sanos y sentirnos bien – es lo que nos está pidiendo auxilio. Porque en esta lógica, si no estás ocupado, pareces prescindible. Si te detienes a pensar, pareces lento. Si decides descansar, pareces flojo. Y así, convertimos el progreso en agotamiento y la eficiencia en esclavitud. El Problema no es la IA, sino la falta de IE La IA puede facilitarnos la vida. Automatizar procesos, responder correos, resumir informes, incluso crear imágenes y textos en cuestión de segundos. Y, sin embargo, en lugar de aprovechar ese tiempo que nos libera para pensar, descansar o cuidarnos más… lo dedicamos a trabajar


